Los protagonistas son Luch-1 y Luch-2, dos vehículos espaciales rusos diseñados para misiones de inteligencia de señales. Desde 2021, y con mayor intensidad tras la invasión rusa de Ucrania, ambos han ejecutado maniobras de aproximación a satélites europeos que prestan servicios de comunicaciones civiles, gubernamentales y, en algunos casos, militares. Según datos orbitales y observaciones telescópicas desde tierra, Luch-2 llegó a acercarse a unos 17 satélites desde su lanzamiento en 2023. Según en un informe de Martín Nicolás Parolari, Publicado en el Finantial Times, el 5 de febrero de 2026 indica que los vehículos rusos Luch-1 y Luch-2 han seguido de cerca a más de una docena de satélites europeos, situándose dentro de su cono de transmisión. Las autoridades temen que Moscú haya recopilado datos sensibles del enlace de mando y mapeados puntos vulnerables de las redes orbitales.
Durante años, la seguridad espacial fue un tema técnico que apenas salía de los círculos especializados. Hoy se ha convertido en una preocupación estratégica. Un informe del Financial Times ha puesto el foco en una práctica que inquieta a las autoridades europeas: dos satélites rusos habrían pasado largos periodos “pegados” a plataformas europeas en órbita geoestacionaria, lo bastante cerca como para potencialmente interceptar sus comunicaciones.
Satélites que se acercan demasiado

Los protagonistas son Luch-1 y Luch-2, dos vehículos espaciales rusos diseñados para misiones de inteligencia de señales. Desde 2021, y con mayor intensidad tras la invasión rusa de Ucrania, ambos han ejecutado maniobras de aproximación a satélites europeos que prestan servicios de comunicaciones civiles, gubernamentales y, en algunos casos, militares. Según datos orbitales y observaciones telescópicas desde tierra, Luch-2 llegó a acercarse a al menos 17 satélites desde su lanzamiento en 2023.
En órbita geoestacionaria —a unos 35.000 kilómetros de altura— la cercanía no se mide en metros, sino en posiciones relativas muy precisas. Permanecer durante semanas dentro del mismo “vecindario orbital” permite observar patrones de transmisión, horarios de uso y, en determinadas circunstancias, situarse dentro del cono por el que viajan las señales entre el satélite y las estaciones terrestres.
El punto débil: enlaces de mando sin cifrar
El mayor temor de los servicios de inteligencia no es tanto que los satélites rusos puedan “hackear” directamente a otros en órbita, sino que hayan recopilado información crítica sobre el enlace de mando: el canal que conecta cada satélite con sus operadores en tierra. Muchos satélites comerciales y civiles fueron lanzados sin sistemas avanzados de cifrado para ese enlace, una herencia de una época en la que el espacio se consideraba un entorno menos hostil.
Con ese conocimiento, un actor estatal podría, en teoría, imitar a los operadores legítimos y enviar órdenes falsas. No es una escena de ciencia ficción: bastaría con provocar pequeñas correcciones de órbita maliciosas para desalinear antenas, degradar servicios o, en el peor de los casos, forzar situaciones de riesgo de colisión. Aunque las fuentes consultadas señalan que Luch-1 y Luch-2 no tendrían capacidad directa para destruir satélites, sí podrían haber mapeado cómo interferir con ellos desde tierra o mediante otras plataformas.
Un patrón que encaja con la guerra híbrida

Estas maniobras se leen en Bruselas y en capitales europeas como parte de una estrategia más amplia de guerra híbrida. En el mismo periodo se han documentado sabotajes de cables submarinos de datos y energía, ciberataques a infraestructuras críticas y campañas de desinformación. El espacio, cada vez más central para telecomunicaciones, navegación y observación, aparece ahora como una extensión natural de ese tablero.
Empresas especializadas en el seguimiento de objetos orbitales, como Slingshot Aerospace o Aldoria, confirman que los satélites rusos “visitan” de forma reiterada las mismas redes europeas, lo que sugiere un interés selectivo en operadores vinculados a países de la OTAN. Además, Rusia ha lanzado recientemente nuevos satélites maniobrables —Cosmos 2589 y Cosmos 2590— que refuerzan la idea de un programa de reconocimiento espacial en expansión.
La fragilidad de un cielo del que dependemos
Lo inquietante de este episodio no es solo lo que haya ocurrido ya, sino lo que revela sobre la vulnerabilidad de las infraestructuras espaciales. Buena parte de la vida cotidiana en Europa —televisión por satélite, enlaces de datos, comunicaciones de emergencia— depende de plataformas que orbitan muy lejos, pero cuyo control sigue anclado a protocolos pensados para un mundo menos competitivo.
El espacio, que durante décadas fue visto como un dominio casi neutro, empieza a parecerse más a un nuevo frente silencioso. Y, como en otros ámbitos de la tecnología crítica, el problema no es únicamente que alguien pueda estar mirando, sino que ese aprendizaje acumulado hoy pueda convertirse en una palanca de presión mañana.
Fuente: https://es.gizmodo.com
